La filósofa Marina Garcés (Barcelona, 1973), quien postula el pensamiento como una forma de acción para transformar la realidad, aboga por una filosofía experimental que busca la “insubordinación” ante “las formas predeterminadas de pensar el mundo”, y da cuenta de ellas en su acción militante y en dos de sus obras con las que se presentará por primera vez en la Feria del Libro.
En “Nueva ilustración radical”, un ensayo que forma parte de la colección de cuadernos Anagrama, Garcés cuestiona fuertemente el postcapitalismo y su discurso apocalíptico que impide proyectarse a futuro, generando angustia e inacción social.
Mientras que en “Ciudad Princesa” (Galaxia Gutenberg-Océano) narra la experiencia personal y colectiva de la que formó parte a partir de 1996 junto a movimientos sociales que surgieron como una forma de resistencia a la Barcelona postolímpica, “incorporada sin cuestionamientos al capitalismo global y convertida en un boom turístico”, sin dar cuenta de las desigualdades sociales que eso conlleva, según la autora.
Garcés, quien se siente “heredera de las tradiciones libertarias y anarquistas en Barcelona y Cataluña”, dialogó con Télam apenas llegada a la Argentina sobre el colectivo del que forma parte, Espai en Blanc, que promueve “la idea de vincular pensamiento y acción, la palabra y la calle”.
-¿Cómo concibe la filosofía y cuáles son los desafíos que se plantea en un contexto de crisis y globalización?
- La filosofía es una práctica de vida que hace del pensamiento una forma de experimentación con los límites de lo pensable, decible y de nuestras representaciones y por lo tanto también una práctica que cuestiona el sentido común y sus formas de fijar la realidad y los saberes consolidados hegemónicos y sus patrones. La filosofía entendida experimentalmente es una forma de insubordinación a las formas acabadas y predeterminadas de pensarnos y de representar el mundo.
- En base a ese pensamiento, en “Nueva ilustración radical” sostiene que el capitalismo construyó un discurso que promueve la imposibilidad de construir un futuro. ¿Qué efecto social tiene ese discurso?
- Pienso que la dificultad para imaginar futuros compartidos es una de las grandes causas que hoy está alimentando posiciones tanto políticas como personales a la defensiva que intentan preservar pequeños privilegios o incluso imaginarios del pasado y da lugar a muchas posiciones reaccionarias de hoy. Por otra parte esta pérdida de proyecto a futuro y miedo al futuro genera un gran sentimiento de impotencia, y por lo tanto surge una tendencia a delegar las decisiones fundamentales acerca de nosotros como sociedad, lo cual es una forma de rendición. Cuando en política ponemos en manos de robots, líderes políticos o religiosos nuestro futuro hay una nueva forma de servidumbre que hoy está teniendo un impacto muy grande en contextos mundiales muy diversos.
- ¿Por qué la sociedad está tan permeable a estos discursos de falta de futuro?
- Tiene que ver con la falta de horizontes compartidos, con la falta de futuros imaginables, y la ausencia de marcos políticos claros en los que reconocerse y encontrarse, aunque sea en disputa, pero no está claro desde dónde encontrarnos. Las sociedades están globalizadas, pero a la vez muy fragmentadas, por eso la desigualdad crece no solo en términos materiales, sino simbólicos, culturales, de género, física y biológicamente. Esa quiebra de los mundos comunes, esa quiebra de escala abona más el terreno para la producción de formas basadas en el miedo, un miedo que acaba siendo íntimo e introyectándose en las vidas personales.
- En una de sus intervenciones propone para revertir este discurso pasar de la angustia a la pasión por lo inacabado, ¿a qué se refiere?
- La filosofía inacabada es aprender a pensar que el límite no es un abismo, es un contorno y nos podemos acercar a ellos, transformarlos, desplazarlos, reconocerlos. Hay una potencia de transformación, por lo tanto también de emancipación, que lo que hace es deshacer esos miedos asociados a la idea de que no podemos ir más allá de nuestros límites conocidos.
-En “Ciudad Princesa” habla de su experiencia personal y colectiva luego del desalojo del Cine Princesa. ¿Qué significó esa vivencia?
- Mi pregunta es qué nos llamó a quienes no éramos okupas en el sentido identitario de la palabra a compartir esa forma imprevista de estar juntos en la calle, y por qué desencadenó complicidades con personas que no conocíamos. Ese es un relato de un período de 20 años dedicado a la experimentación continua de cómo pensarnos en común, y es algo que se dio desde la mitad de los 90 a principios del 2000 con vivencias diversas pero coordinada en muchas partes del mundo, y por eso la relaciono con el lanzamiento del Zapatismo en Chiapas, y el movimiento antiglobalización en Seattle, y la crisis argentina del 2001. Se generó una riqueza política, conceptual, práctica y afectiva que fueron la base y semilla desde las que renacen los movimientos y respuestas colectivas a los desafíos de nuestro presente.
(Télam)
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